Diciembre

Flores. Notas. Peluches. Todo estaba perfectamente colocado en los escasos metros que tenía. Se sentía querida a pesar de todo. Sabía que había hecho daño a su madre. Su padre dejó de hablarle hacía tiempo y se había resignado a ello. El dolor por la ausencia de su padre había dejado paso a la indiferencia.  Aún así, no se sentía sola. Tenía a su madre, su bendita madre, y a su querido amigo Basilio.

Después de la última crisis no la dejaban sola ni un minuto y ella lo agradecía. Ya no se sentía tan fuerte y sabía que el final estaba cerca. Mientras el enfermero le ponía el gotero con el antibiótico  no podía dejar de pensar en qué momento se dejó llevar.

Estaba muy demacrada, y sin embargo no paraba de recordar aquellas noches de fiesta y locura. Bendita locura de juventud. Hacía unos 2 años que había mantenido su primera relación sexual. No lo quería, sino más bien quería quitarse de encima la virginidad. Le pesaba. Y encontró a un chico mayor que ella en un bar. Los dos borrachos se dejaron llevar en el coche de él.  Ella se dejó hacer. No fue una experiencia agradable pero ya se había quitado el yugo de la virginidad. Al día siguiente volvió a buscar. Y al fin de semana siguiente. Durante dos meses mantuvo sexo con desconocidos. Quería disfrutar y decirles a sus amigas que ya no era la niña tonta del grupo. Que se follaba a todo lo que quisiera. Porque no era amor. Ella lo sabía. No había amor en cada uno de los asientos traseros de los coches o cuartos de baño en los que había tenido sexo.

Se convirtió en la envidia de sus amigas. Todas querían ser como ella, y ella lo disfrutaba. Disfrutaba de ser el centro de atención.

Mientras el enfermero le vaciaba la bolsa de la sonda, recordó el momento en el que el médico le dijo que tenía SIDA. No podía creerlo aunque enseguida entendió que nunca había mantenido precaución con ninguno de los tíos que se había follado. Le preocupaba quedarse embarazada pero no pensaba en el VIH y mucho menos en el SIDA.

Fue en ese momento cuando su padre la repudió. La echó de casa. A los pocos meses tuvo una neumonía. Sus riñones empezaron a fallar y llegó el momento de ingresar en el hospital. Y ahí estaba. Estaba enfadada consigo misma porque podía haber evitado esto con un simple condón. Con un preservativo no se habría contagiado y lo que es peor: no sabía a quién se lo había contagiado.

Pidió perdón mil y una veces. A su madre, a Basilio. A todos aquellos a los que contagió del VIH por una noche loca de borrachera. Por no parar 5 segundos y ponerse un preservativo. En ese momento, con los ojos vidriosos, exhaló su último aliento a los 18 años.

El SIDA había vencido ese 1 de diciembre.

 

PD: puede parecer que esta historia está alejada de la realidad. Puede ser. Sólo quiero recordar que el VIH/SIDA está a la vuelta de la esquina. No se ha vencido. Todos estamos expuestos. Y tenemos que concienciar de que un simple gesto, poner un condón, puede salvarnos la vida. Póntelo, pónselo

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